Las llamas del karma arden sobre las llanuras. Los ideales de unos se reducen a cenizas, mientras los de otros arden con pasión.
El guardián atraviesa el campo entre balas y flechas.
Aquí no hay nadie a quien pueda salvar. Aquí están todos aquellos a quienes desearía poder salvar.
Matar a uno para salvar a otro. Matar a diez mil para salvar a diez mil. El destino de pisotear al prójimo también es parte del ciclo de la humanidad.
El guardián ya se había acostumbrado a todo esto, y sus pasos nunca vacilaron.
La determinación que envuelve sus piernas es como el viento. La determinación que cubre sus brazos es como el fuego.
Aún sigue buscando el milagro capaz de traer la salvación.